dimecres, 30 de març de 2011

Historia de un largo viaje


La siguiente historia la escribí como respuesta a un concurso de relato convocado por una editorial española, no recuerdo en qué año fue, sería 2005 o algo así, la temática general era: "Cuéntanos tu viaje", yo participé con el tema arriba expuesto. En esta historia creo yo se refleja el sentir de cada uno de los que salimos de nuestros países y nos tenemos que enfrentar a un mundo incierto. La escribí con mucho sentimiento, no era yo el que hablaba, era mi corazón. No gané el concurso, pero gané el poder escribir esta historia que de alguna manera me permitió desfogar un cúmulo de sentimientos que por mucho tiempo los había guardado dentro de mí. Espero les guste y sepan disculpar cualquier error encontrada en élla. Esta es "mi historia":
No fue fácil tomar la decisión para realizar este viaje. por un lado estaba el aspecto económico, en nuestro País, no todo el mundo tiene ahorrado dinero suficiente para costear los gastos que éste demanda. Por otro lado está el aspecto emocional, es muy difícil separarte de tus hijos, de tus padres, de tu familia, de tus amigos. Tienes que pensártelo mucho antes de decidirte.
En mi caso, después de mucho analizar los pro y los contra del viaje, por fin me decidí a viajar, ahora sólo quedaba esperar. Nunca se borrará de mi mente la fecha en que viajé. Ese día empezó este viaje que sé exactamente cuándo empezó, pero difícilmente puedo saber cuándo terminará.

Esta historia comienza en el bar de la institución educativa donde trabajaba. Recuerdo era una fría mañana de agosto, mi novia y yo conversábamos y de pronto élla dijo: qué tal si viajamos a España, dicen que allá se gana bien, mis primos que están allí nos pueden ayudar con algo de dinero y brindarnos estadía.
En ese momento no contesté, élla seguía hablando y haciendo planes, mi imaginación volaba. Por un lado me entusiasmaba la idea de viajar, siempre había soñado con viajar al exterior, por otro lado tenía miedo, miedo a lo desconocido, a no saber dónde viviría, en qué trabajaría, más miedo me daba el hecho de separarme de mi familia, de mi hijo, de mis padres, de mi gente, de mi tierra. Tendría también que dejar atrás mi sueño de estudiar algún post grado o doctorado en psicología, tendría que dejar muchas cosas buenas y enfrentarme a una nueva vida, a una vida incierta.
Mi novia seguía hablando, yo me limité a decirle que ya lo veríamos, ya habría tiempo para hablar. La sirena del colegio nos interrumpió, no pudimos seguir hablando.
Meses más tarde nos vimos yendo a las agencias de viaje, averiguábamos precios y cuál era la aerolínea que prestaba más seguridad al viajar, no queríamos correr el riesgo de que nos deportaran. Estudiamos bien la situación antes de tomar una decisión.
En primer lugar viajaría élla, si todo salía bien, yo iría después de unos meses.
El día en que mi novia viajó fue muy triste, su Padre y yo la dejamos en la puerta del aeropuerto. Pasaron unas 4 horas hasta que el avión partió, los dos observábamos la escena a través del cristal de la cafetería del aeropuerto. Cuando el avión despega te invade una enorme tristeza, mientras miras el vientre blanco del avión, vienen a tu mente muchos recuerdos, te invade la nostalgia, la pena, en fin, son momentos dolorosos que todos los que se quedan tienen que pasar.
Los planes para mi viaje seguían adelante, ya tenía fecha de partida, los nervios me mataban, contaba los días que faltaban para viajar, quería hacer ese viaje, pero al mismo tiempo no quería que llegue el día, sabía que mi novia me estaba esperando y me alegraba por ello, pero sabía también que no tenía fecha de regreso y eso me asustaba mucho.
Lo más doloroso fue despedirme de mi hijo. Me despedí de él en el colegio donde estudia, tengo el recuerdo muy claro de él parado frente a mí, le cogí sus manos, le dije que se portara bien, le di mi bendición, lo abracé, ,lo besé y me alejé de prisa sin mirar atrás. Luego me despedí de toda mi familia, incluidos mis Padres. Nunca lo he dicho, pero cuando me despedí de éllos, la angustia se apoderó de mí, sabía que por su edad, a lo mejor más nunca los volvería a ver. En efecto, a mi Padre no lo volveré a ver jamás, a los 2 años exactos de mi partida, fallecía de muerte natural. Fue imposible estar con él y con mi familia en esos dolorosos momentos. No pude viajar, mi situación irregular en este país no me lo permitió.
Antes de llegar a Guayaquil pasé por Machala, la ciudad donde vivía y trabajaba, tenía que despedirme de mis amigos y compañeros de trabajo, también fui a la agencia de viajes a escuchar una charla, que según éllos me serviría para actuar correctamente durante el viaje y poder pasar migración sin ningún riesgo, me aterraba el hecho de pensar que pudieran regresarme, había adquirido una deuda y había renunciado a mi trabajo, si regresaba no sabía qué me deparaba el destino.
Esa misma tarde en el terminal de autobuses me esperaba mi amiga María, viajaríamos juntos y trataríamos de ayudarnos mutuamente en lo que hiciera falta durante el viaje.
En guayaquil nos hospedamos en el departamento de mi hermano, en la noche salimos a dar una vuelta por la ciudad, cenamos y luego a casa, caminábamos como autómatas, nuestro pensamiento volaba y nuestra incertidumbre era cada vez mayor.
Al día siguiente estábamos a punto de empezar el viaje más largo y difícil de nuestras vidas. Nos despedimos de mi hermano y caminamos con paso inseguro al mostrador de la aerolínea. Después de los trámites de rigor y con un miedo indescriptible en nuestros rostros, nos encontrábamos en la sala de espera, listos para abordar aquél transporte que no habíamos tenido la oportunidad de utilizar, y que sería el que nos lleve en busca de nuestro sueño, en busca de nuestro destino.
En el momento del despegue, respiré hondo y tuve una mezcla de varios sentimientos, es una cosa difícil de explicar, miraba a través de la ventanilla del avión, veía las luces de la ciudad, quería ver por última vez un pedazo de mi tierra, era lo último que veía de mi país.
Ascendíamos ya y sentía en el estómago algo que lo pude sentir, pero que no encuentro palabras para explicar. El rostro de mi hijo estaba presente en mi pensamiento, otra vez me acordé de mi familia, de mis amigos, a partir de ahora todos pasarían a formar parte de mis recuerdos.
El avión se estabilizó en el aire y por fin dejé de sentir ese cosquilleo en el estómago, miré a mi amiga y la vi pálida, muy nerviosa, me miró también y sonreímos para darnos fuerza.
Durante todo el viaje estuve intranquilo, pensaba en el momento de llegar a Amsterdam y pasar migración, una vez que esto haya ocurrido, sería como estar en Barcelona, que era el final de nuestro vuelo.
Muy pronto los auxiliares de vuelo nos sirvieron algo de comer, yo no tenía hambre, pero tenía que comer, no quería que mi novia me viera más delgado de lo que era. La comida no tenía buen aspecto, es más, no sabía lo que era, habían algunos sobrecitos que tampoco sabía su contenido, poco a poco fui probando y comiendo algo, comí lo que pude.
En pocos minutos por el altoparlante indicaron que aterrizaríamos en Bonaire. Recuerdo haber visto que todo el personal del aeropuerto era gente negra, eran muy altos y sobre todo amables. Estuvimos aquí por espacio de una hora, luego otra vez al avión, venía lo más difícil, atravesar el Océano Atlántico.
Una vez que el avión se estabilizó, me tranquilicé un poco, saqué un libro y me puse a leer, no podía leer bien, mi pensamiento estaba en otro lado.
Pasaron las horas y me dormí, mi amiga también dormía. El frío me despertó y vi que María también había despertado, sentí la necesidad de ir al lavabo, me incorporé de mi asiento e inmediatamente volví bruscamente a él, mi amiga se reía y un chico de al lado también, había olvidado desabrochar el cinturón de seguridad. En el lavabo me sentía incómodo, el avión se movía, se me suspendió la gana de orinar, me tranquilicé y continué con lo que estaba haciendo. Por fin salí y fui a mi asiento, me sumí nuevamente en mis pensamientos, en mis recuerdos, recordaba a todas las personas que quiero, recordaba cada uno de los rincones de mi pueblo Marcabelí, ya estaba añorando volver a verlos, regresar, mandar todo al carajo y volver a mi mundo, a mi tierra, a mi País.
Miré la pantalla, faltaban 30 minutos para aterrizar en Holanda, ahora si los nervios me traicionaban, me sentía inquieto, angustiado.
Habíamos cenado hace rato, casi no comí, seguía sin apetito, recordé lo que nos habían recomendado. Antes de aterrizar tenía que tomar unos tranquilizantes, así lo hice, María había hecho lo mismo, aún así, estaba más nerviosa que yo, la veía y mis nervios aumentaban, le recordé lo que habíamos hablado: cuando hagamos migración no debemos ponernos uno tras otro, si algo salía mal, el otro sería el que avise a los familiares para ver qué se podía hacer, pasaríamos cada uno por su lado. A los pocos minutos el avión aterrizó. Si todo salía bien, nos encontraríamos luego en la sala de espera.
Ya en el aeropuerto no sabíamos a dónde ir, nos acercamos a una chica de la misma aerolínea y ella nos indicó qué hacer. Habían 3 ó 4 columnas destinadas a migración, no sé por qué, pero me coloqué en la columna de un individuo joven y de aspecto agradable, no lo creía capaz de arrestar a nadie. Cuando me tocó el turno, sólo me preguntó a qué iba a Barcelona, le dije que por turismo e inmediatamente me selló el pasaporte.
Había pasado lo más difícil, caminé sin mirar a nadie y me dirigí a la sala de espera. María por fin se había colocado en la misma columna que yo, pero a una distancia prudente. A los 10 minutos apareció sonriente en la sala, ya no estábamos tan nerviosos, estábamos alegres, deseosos de llegar a nuestro destino, tenía ganas de abrazar a mi novia, quería dormir, descansar.
A los pocos minutos, subimos a un avión más pequeño, estaba bastante relajado, aunque no del todo, me pasé todo el trayecto observando el Mar Mediterráneo por la ventanilla, otra vez me invadió la tristeza, me alejaba aún más de todo lo que quiero.
Dentro de poco aterrizamos en al aeropuerto de Barcdelona, aún teníamos miedo de que descubrieran que no estábamos aquí por turismo, sino que veníamos a quedarnos.
Caminamos en busca de nuestras maletas, no las enncontrábamos, por fin tomé la decisión de preguntarle a uno de los guardias del aeropuerto, nos indicó que bajáramos a la otra planta del edificio, encontramos nuestro equipaje, nos dirigimos a la salida y ahí nos esperaban mi novia, la hermana de María y otros amigos que habían ido a recibirnos. Mi novia y yo nos abrazamos, me preguntó mil cosas, le conté las peripecias del viaje, nos reímos y a la vez me contó con detalles su viaje. Al lado de élla me sentía seguro, confiado.
El viaje en avión había terminado, pero el viaje en sí para mí y para muchos apenas empezaba, este es un largo viaje que terminará el día que podamos regresar definitivamente a nuestro hogar, el día que podamos sentir el calor de nuestra gente, el olor de nuestra tierra, el abrazo de nuestros seres queridos. Sólo ese día volveremos a recuperar la sonrisa, volveré a dejar de sentirme intruso, veremos otra vez nuestros hermosos paisajes, volveremos a tomar una taza de rico café a las 3 de la tarde, volveremos para ver crecer a nuestros hijos, para guiarlos, para escucharlos y para escuchar a nuestros Padres, pondremos atención a lo que nos dicen y haremos de cuenta que es la primera vez que escuchamos esa historia que nos han contado mil veces, haremos que se sientan importantes, queridos. En fin, volveremos para quedarnos, para crecer junto a nuestro pueblo, volveremos para siempre a nuestro pueblo querido, el que siempre nos espera, el nuestro, el único, el de siempre...............tu pueblo, mi pueblo.

Por: Carlos Elizalde Sánchez.

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